Crónica de una visita médica

A Yuliana,
porque esto no es poesía erótica,
porque no es poesía,
es sólo mi humanidad.

El lecho vacío empieza a llevarse mis reservas, crece una sonda que empuja mis órganos, no hay taquicardia, sino unas desquiciadas ganas de arrancarme la carne y echarla por el balcón, o de explotar de una vez por todas y que la lluvia se tiña con mi sangre.

Love – Gaspar Noe

Son las diez, es una noche viciada de frío y tambaleo hacia la acera con un mal augurio en la boca, tomo un taxi y pronuncio una dirección con el poco aire que me queda, mientras observo a los vagabundos disfrutando del frío y el olor a pseudometropoli.

Cerca al sitio, llamo al médico por indicaciones -Atrás de la mariana de Jesús- dice, otro mal augurio por mi agnosticismo. Froto mis piernas inquieto, reconfortándome, simple manía que tengo para decirme que todo irá bien. Cuando llego lo primero que me ofrecen es vino, mostrándome su ansiedad, y luego insistentemente güisqui, mostrándome la necesidad de embriagarme o de simplemente compartir una despensa llena de licor, pero sólo respondo que no.

El lugar era una edificación sin mucho que decir, sin embargo, su interior era resultado de un caro diseñador de interiores aficionado a los cofres, y a pesar de eso, el espacio era más grande de lo que parecía, decorado con cortinas y cámaras escondidas en dirección al sofá grande donde estábamos.

¿Por qué jóvenes? Le pregunto ansioso y decidido responde ¿porque no? Recalcando lo tersos y delgados que somos, me mira y su cara se enciende, siento como aspira mi juventud con cada palabra, no deja de estudiarme con sus ojos hundidos; su opulencia de rico y de gordo me dicen que es un hedonista.

– ¡Mira esa cola! No paro de verla desde que llegaste, me pregunto si podría… – calla y procede como con un paciente en consulta, me examina y con un gesto sugiere me siente sobre sus piernas. Sólo pienso en mi padre que no tuve. -Dame un beso y acuéstate- solicita. Enseguida toma una caja de cien pares de guantes de latex, toma un par de ellos, y para esto mi culo ya está expuesto y se los pone.

– ¿Qué tenemos aquí? – señala divertido, mientras hurga con uno, dos y luego tres dedos mi culo, cuando finalmente determina que debe limpiarme. Ve al baño, defeca y espera de perrito -exhorta.

Camino hacia al baño, es la segunda vez que tambaleo esta noche. El médico tiene una habitación lujosa con más cortinas y cámaras, y estoy en cuatro con dos enemas en el ano esperando que hagan efecto para defecar, me limpio y vuelvo a él en silencio, amenazado por los cofres, las cámaras y lo que filman.

Eres muy lindo- dice – cómo todos, pero temo que también terminarás como ellos, cuando vienen escucho sus planes, se van y al verlos de vuelta no han hecho nada. Ahora chúpalo que para eso viniste- concluye.

Me meto en la boca un pene pulcro y no tardan en venir las arcadas causadas por el olor a desinfectante. Él comienza a reproducir videos en el televisor frente a nosotros, donde efebos acarician sus cuerpos.

De golpe, dice que debo irme y yo no quiero. Pregunto si podría quedarme, pero no, así que me voy.

Soy un farsante, espero que de la calmada madrugada y su penumbra salte el hombre lobo cobrando mis mentiras. Es tanta la audacia de llegar al lecho del extraño e intentar mermar el terror con una caricia intrépida, como estrategia de supervivencia, tratando de sacar partida de su vulnerabilidad, porque no falta quien tenga claro su propósito de hacer daño, que necesita hacerlo y lo toma en sus brazos para asesinar todo intento de vida.

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