Desacralización de la crucifixión de Jesucristo

Esto que vemos aquí es un drama sobre el papel hecho con trazo. Una de las escenas de la vida de un hombre que, según la iglesia cristiana, es el Salvador de la humanidad. La crucifixion de Albrecht Dürer, si la vemos con los ojos de la dogmática cristiana podría considerarse como la afirmación del amor y la fe de Jesucristo por los hombres, que está dispuesto a dar su vida por nosotros, o cualquier otra interpretación que pueda servir para afirmar la fe en la Iglesia, por ejemplo, el arrepentimiento. Sin embargo, vale la pena considerar, que estas interpretaciones residen en la cualidad sintética de la imagen que ofrece signos a sus espectadores y posteriormente generan sentidos.  

Es de esta forma que José Saramago toma la imagen como tema de su primer capítulo del Evangelio según Jesucristo, en donde propone una interpretación a través de las palabras que sugiere, según este artículo, una desacralización de la crucifixión que es un episodio sacralizado por la teología cristiana. 

Si nos detenemos en la imagen podemos notar que está dotada de un patetismo y sensualidad que no pasa por alto por Saramago. El movimiento y la sinuosidad de las lineas nos envuelven en el drama de la crucifixion de este hombre que, según el autor que lo describe, ya está arrepentido en su camino hacia el cielo:

“El pelo, ensortijado, es otro indicio que no engaña, sabiendo como sabemos que los ángeles y los arcángeles así lo llevan, y el criminal arrepentido está, por lo ya visto, camino de ascender al mundo de las celestiales creaturas.”[1] 

Llama la atención cómo las formas de la imagen son importantes para entender la relación de los personajes de este drama, pero, además, el hecho de que Saramago acepte que Jesucristo es un criminal y no trate abogar por él diciendo que se trata de un mal juicio de los hombres. 

Esto da por hecho, que el acontecimiento que los tiene reunidos no se rige por el destino trágico de Jesucristo sino por las leyes del pacto social entre los hombres. Así mismo funciona con el resto de personajes; de José de Arimatea dirá:

“volvió a su vida normal, mucho más preocupado por las consecuencias que el retraso tendría para un negocio que había aplazado que con las mortales aflicciones del infeliz a quien iban a crucificar.”[2] 

Y como en todo drama, no faltará la amante angustiada por la muerte de su amado, o la angustia de las amantes. Sobre esto resaltará la imagen de María Magdalena: 

…levanta, sí, hacia lo alto la mirada, y esa mirada, que es de auténtico y arrebatado amor, asciende con tal fuerza que parece llevar consigo al cuerpo todo, todo su ser carnal, como una irradiante aureola capaz de hacer palidecer el halo que ya rodea su cabeza y reduce pensamientos y emociones. Sólo una mujer que hubiese amado tanto como imaginamos que María Magdalena amó, podría mirar de esa manera, con lo que, en definitiva, queda probado que es ésta, sólo ésta y ninguna otra…[3]

La humanización de esta imagen podría compararse a la de la tragedia griega, por ejemplo, a la tristeza e indignación de Antígona que decide enterrar a su hermano en contra al mandato del rey. Así mismo, la sensualidad y la angustia amorosa van contra la negación de las pasiones que exige la fe cristiana para asegurarnos el cielo. Esto es llevado al límite cuando Saramago discurre sobre quién es la verdadera María Magdalena, la del escote, la rubia, o la que evita la mirada al afeminado Juan, es como si estuviera ridiculizando la escena como si se tratase del velorio de un hombre mujeriego. 

En cuanto a los criminales, es importante entender bajo que principios se los juzga, si se trata de un juicio humano o divino y como estos aceptan el veredicto. El buen ladrón, Jesucristo, aceptará su destino trágico para enseñarles a los hombres que través del arrepentimiento se consigue el perdón de Dios, sin embargo, ante los ojos de los hombres, no será más que un criminal. Por otro lado, el mal ladrón, nos da una lección sobre ética sobre un juicio que no distingue entre Dios y los hombres:

“…el Mal Ladrón, rectísimo hombre, en definitiva, a quien le sobró conciencia para no fingir que creía, a cubierto de leyes divinas y humanas, que un minuto de arrepentimiento basta para redimir una vida entera de maldad o una simple hora de flaqueza.”[4]

Este hombre condenado a la muerte no podría más que estar triste si apreciaba su vida, pero no arrepentido, ya que no se puede estar arrepentido ante el acontecimiento de la muerte porque no existe un mundo más allá que el del cuerpo y las leyes del hombre. Su gesto es similar al hombre que da beber una mezcla de vinagre y agua a los presos, que no distingue al que va a renacer de los que van al infierno, que trata de aliviar a los condenados a la muerte sus últimos minutos, de este dirá tras su partida: 

Se va, pues, no se queda hasta el final, hizo lo que podía para aliviar la sequedad mortal de los tres condenados, y no hizo diferencia entre Jesús y los Ladrones, por la simple razón de que todo esto son cosas de la tierra, que van a quedar en la tierra, y de ellas se hace la única historia posible.[5]

Esta imagen que no hace más que prestarse a interpretaciones, Saramago propone una en donde se cuestiona la sacralidad de la crucifixión de Jesucristo, pero, además, deja huella que podría haber otras, por ejemplo, una que trate sobre técnicas del grabado y otro sobre las dramaturgias de la imagen. Por lo tanto, no hay nada en ella que nos remita una divinidad que no sea más que una fantasía, como que ni fe ni arrepentimiento que nos asegure a los hombres un lugar en el cielo.  


[1] Jose Saramago, El evangelio según Jesucristo. (Buenos Aires, Alfaguara, 1998). Pág. 7

[2] Jose Saramago, El evangelio según Jesucristo. (Buenos Aires, Alfaguara, 1998).Pág. 7

[3] Jose Saramago, El evangelio según Jesucristo. (Buenos Aires, Alfaguara, 1998).Pág. 9

[4] Jose Saramago, El evangelio según Jesucristo. (Buenos Aires, Alfaguara, 1998).Pág. 10

[5] Jose Saramago, El evangelio según Jesucristo. (Buenos Aires, Alfaguara, 1998).Pág. 12

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