Sobre la omnipresencia de Dios

Dios el ser supremo, el gran espíritu, el omnipresente, al parecer se le escapan algunas cosas, como que posiblemente Jesús es hijo del carpintero José y María, sólo que decidió no verlo por temor de caer en la tentación de volverse un vouyerista de toda su creación -si ya no lo es-. Esto es lo que muy sutilmente sugiere el segundo capítulo del Evangelio según Jesucristo de José Saramago, el cual dotado de una materialidad tal en la descripción nos deja la duda de que haya algo más allá de la materia y el cuerpo que no sean más que simples fantasías narrativas. 

El capítulo propone una escena en medio de la noche, José y María se encuentran dormidos lado a lado y al carpintero se despierta de repente. Sobre esto el narrador reflexiona lo inusual del hecho, al parecer despertarse cuando todavia se esta oscuras es un mal presagio, porque pone en cuestion la idea de que en el amanecer Dios restituye la vida de los hombres a través de la luz, y por otro lado, quién despierta y ve domidos a los otros, se encuentra frente a cuerpos sin alma:

…José se miraba a sí mismo como acompañando a distancia la lenta ocupación de su cuerpo por un alma que iba regresando despacio, como hilillos de agua que, avanzando sinuosos por los caminos de las rodadas, penetrasen en la tierra hasta las más profundas raíces, llevando la savia, luego, por el interior de los tallos y las hojas. Y al ver qué trabajoso era este regreso, mirando a la mujer a su lado, tuvo un pensamiento que lo perturbó, que ella, allí dormida, era verdaderamente un cuerpo sin alma…[1]

Es claro como estos personajes se encuentran en un espacio construido por una metafísica que construye sus cuerpos, separando el cuerpo del alma, pero además colocando a este gran espíritu como comandante de todas las vidas. Es por eso que ante cualquier evento favorable José dirá Alabado seas señor y, por el contrario, todos los eventos desfavorables causaran un temor inexplicable. Lo interesante de esto, es que la cualidad espiritual de Dios es lo que le facilita tener efectos tan contundentes en el comportamiento de los hombres, porque es lo que le permite manifestarse en todos las cosas y acontecimientos del mundo, de otro modo, no sería omnipresente: 

En su vida había visto nunca José un cielo como éste, aunque en las largas charlas de los hombres viejos no fueran raras las noticias de fenómenos atmosféricos prodigiosos, muestra todos ellos del poder de Dios, arco iris que llenaban la mitad de la bóveda celeste, escaleras vertiginosas que un día unieron el firmamento con la tierra, lluvias providenciales de maná, pero nunca este color misterioso que tanto podía ser de los primeros como de los últimos, variando y demorándose sobre el mundo, un techo de millares de pequeñas nubes que casi se tocaban unas a otras, extendidas en todas direcciones como las piedras del desierto. Se llenó de temor su corazón, imaginó que el mundo iba a acabarse, y él puesto allí, único testigo de la sentencia final de Dios…[2]

Y al poseer todas las cosas con su espíritu también es capaz de tomar las riendas del mundo y hacer su voluntad. Por otro lado, llama la atención como esta posesión de la materia está dada por hecho a diferencia, por ejemplo, de la mitología griega donde explícitamente los dioses poseen los fenómenos de la naturaleza y se convierten en cosas, animales y plantas para interactuar con los humanos. En ese sentido, podemos decir que es un ejercicio perfecto de poder, basado en un paradigma que obvia omnipresencia de Dios, pero, además, demuestra que la ausencia de cuerpo es indispensable para lograr este propósito. 

Sin embargo, si pasamos por alto la metafísica del relato, ¿Cómo se manifiesta Dios a través de las cosas? Ciertamente, la presencia de Dios crea unos afectos sorprendentes en los cuerpos de sus creyentes, pero resulta contradictorio que, siendo un espíritu, es decir, del orden de lo inmaterial, tenga efectos sobre la materialidad. De allí que esforzadamente se intente decir que el espíritu y alma mueven a la materia, le dan vida y es Dios quién comanda esa bendición. Por otro lado, considero que este relato propone una perspectiva diferente. Esto que llamamos espíritu no es más que palabra y como tal, cuenta con una corporalidad que efectivamente tiene efectos contundentes sobre la materialidad porque, en gran medida, la aprehensión del mundo humano se da a través del lenguaje.

Entonces si partimos de la metafísica cristiana, Dios es sustancia del Mundo y es un sacrilegio pensar lo contrario, por lo tanto, se da por hecho que es omnipresente. Sin embargo, si eliminamos esa metafísica y se propone que Dios es un discurso y se manifiesta a través de los signos del mundo, como, por ejemplo, el amanecer como una de sus más grandes bendiciones, entonces, ya no se trata de un ser omnipresente sino presente en la configuración del lenguaje y la generación de sentido. De aquí que luego de amanecer, José, tranquilo del temor de Dios, volviese a la cama con María para tener sexo:

Dios, que está en todas partes, estaba allí, pero, siendo lo que es, un puro espíritu, no podía ver cómo la piel de uno tocaba la piel del otro, cómo la carne de él penetró en la carne de ella, creadas una y otra para eso mismo y, probablemente, no se encontraría allí cuando la simiente sagrada de José se derramó en el sagrado interior de María, sagrados ambos por ser la fuente y la copa de la vida, en verdad hay cosas que el mismo Dios no entiende, aunque las haya creado. Habiendo pues salido al patio, Dios no pudo oír el sonido agónico, como un estertor, que salió de la boca del varón en el instante de la crisis, y menos aún el levísimo gemido que la mujer no fue capaz de reprimir.[3]

En la voz del narrador se siente una aguda ironía sobre el paradigma de la omnipresencia de Dios que al parecer no es más que un discurso de adoctrinamiento, es decir, es necesario el temor y la vigilancia de Dios para obrar bien según la moral cristiana. Sin embargo, superado ese temor y puestos los sentidos en cosas más placenteras como el sexo, Dios no tiene presencia ni poder sobre esas circunstancias. Dios no es más que discurso.


[1] Jose Saramago. El evangelio segun Jesucristo. Pág. 13

[2] Jose Saramago. El evangelio segun Jesucristo. Pág. 15

[3] Jose Saramago. El evangelio segun Jesucristo. Pág. 15

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